Pocos
lugares en España gozan de un reconocimiento internacional
como el que disfruta Jerez. Gracias a su vino -el "jerez"
o "sherry"-, el nombre de esta ciudad andaluza
hace mucho tiempo que traspasó fronteras para trascender
a todo el mundo hasta llegar a universalizarse. Pero no
se crea que Jerez es sólo su vino. Jerez, como dice
con razón una de sus frases promocionales, es "mucho
más".
Aún
a riesgo de caer en tantos tópicos como la han hecho
famosa, hemos de decir que Jerez, además de su vino,
también es el caballo, es el flamenco, el toro, el
deporte, los grandes eventos, el circuito de velocidad,
y son tantos otros elementos cualitativos como aquí
se manifiestan con la rotundidad de lo concluyente y que
se muestran capaces de definir su singular personalidad.
Jerez
también es historia, es legado monumental, es cúmulo
de atavismos y lugar de arraigadas tradiciones que son características
de las ciudades que pueden presumir de dilatadas biografías.
De orígenes aureolados por la mítica civilización
tartésica que prosperó en las inmediaciones
de la costa suratlántica andaluza, sabemos de la
existencia de una Xera fenicia, luego intensamente romanizada
con el nombre de Ceret, y de una Scherisch musulmana que
alcanzaría gran protagonismo económico y militar
hasta su caída en manos cristianas en 1264.
La
herencia de tan largo devenir y de las diversas culturas
que se asentaron en Jerez a lo largo de los siglos se nos
presentan en vestigios que aún laten con viveza por
la ciudad y su entorno. Si en los yacimientos de Mesas de
Asta podemos contemplar lo que fueron sus primeros balbuceos
pobladores, el Alcázar, Melgarejo y los restos del
recinto almohade que defendieron a la población en
la Edad Media nos ilustran sobre la importancia lograda
por la Jerez islamizada. Y en sus numerosísimas iglesias
cristianas, muchas de ellas erigidas en el último
gótico y enriquecidas con la incorporación
de elementos arquitectónicos renacentistas y barrocos,
la ciudad nos informa de la preocupación artística
que siempre orientó toda su actividad constructora.
Si las iglesias de Jerez nos sorprenden por su número
y por su riqueza, la nómina de palacios renacentistas,
barrocos y neoclásicos erigidos por la aristocracia
agricultora y la burguesía vinatera no le va a la
zaga. Junto a ellos, las bodegas de Jerez, auténticas
catedrales del vino en las que, incluso, podemos encontrar
una arquitectura rayana en el lujo, confieren a la ciudad
la peculiar fisonomía urbana que le es propia.
La
Jerez moderna y acomodada a los nuevos tiempos, de grandes
avenidas y de concurridos centros comerciales, de vida cultural
activa y de elementos tan innovadores como pueden ser su
Circuito Permanente de Velocidad, sus magníficas
infraestructuras turísticas o sus complejos deportivos,
convive a la perfección con tanta tradición
y con tan rico legado monumental a cuya sombra permanece
viva la cotidianidad pausada, lo circunspecto y la mesura
que siguen respirándose en sus barrios más
castizos. Toda una filosofía de la vida.