Inaugurada
el 10 de junio de 1909. En situación de abandono.
Construida por el propietario Francisco Guerrero Corrales
y el industrial Manuel Janeiro Córdoba. Ambos socios,
que fueron los primeros empresarios taurinos que se conocen
en Ubrique, dirigieron una instancia el día 1 de
junio al alcalde, Miguel Bohórquez Oliva, participándole
que poseían un local destinado a "espectáculos
públicos como corridas de toros, capeas, etc."
en el lugar denominado Algarrobal, situado en los extramuros
de la ciudad, e instaban a la primera autoridad municipal
a que por su conducto se solicitara la pertinente autorización
del gobernador civil para su apertura.

Los
solicitantes aseguraban que la plaza recién construida
reunía las debidas condiciones de seguridad para
el público y la enfermería surtida de material
y de los medicamentos necesarios para las curas que en ella
pudieran practicarse.
El Ayuntamiento, en sesión pública celebrada
el día 5, daba cuenta del escrito y acordaba por
unanimidad acceder a lo solicitado. La documentación
remitida al gobernador iba acompañada de los certificados
del médico e inspector local de Sanidad, Francisco
Reguera Romero, en el sentido de que la enfermería
poseía todas las condiciones necesarias, y de los
maestros albañiles Francisco Aragón Venegas
y Diego Tamayo Carrasco, quienes garantizaban que la nueva
construcción se encontraba en "inmejorables
condiciones de solidez, firmeza y seguridad".
El
gobernador autorizaba con fecha 7 de junio la apertura del
local para que se pudieran celebrar en la villa corridas
de toros. Pero no decía nada de la populares capeas,
que, como se sabe, aunque toleradas, casi siempre estuvieron
fuera de la ley. Este sería un asunto polémico
que traería de cabeza durante los años posteriores
a la recién creada Empresa Taurina de Ubrique, que
vería cómo no iban a autorizarse numerosos
festejos por tener el carácter de capeas. La autoridad
gubernativa obligaba a los empresarios a demostrar que los
diestros anunciados tenían el oficio necesario para
dirigir la lidia, para lo cual debían remitirse carteles
impresos justificativos de sus actuaciones en otras plazas.
En
una primera relación de festejos enviada al Gobierno
Civil se solucionaba el problema evitando el empleo de los
términos "corridas de toros" o "capeas",
y expresando que la empresa deseaba dar "espectáculos
públicos de su clase en la Plaza de Toros".
Dicha relación es la primera programación
taurina de Ubrique, en la que se anunciaban nada menos que
23 festejos. Los ubriqueños pudieron disfrutar de
una verdadera temporada de toros durante el verano de 1909
con espectáculos todos los domingos y festivos.
Guerrero
y Janeiro recibieron la autorización gubernativa
el 9 de junio, y un día después, coicidiendo
con la festividad del Corpus, podía inaugurarse la
plaza. El festejo consistió en una capea compuesta
por cuatro vacas y un toro de muerte llamado "Jindama",
de la ganadería de Diego Marín, de El Bosque,
que lidió Antonio Guillén "Rondeño".
Desde
entonces, la plaza tuvo una importante presencia en el ciclo
festivo ubriqueño y una indudable influencia en los
hábitos y costumbres de nuestros antepasados, ya
que no iban a faltar los festejos, al menos la tradicional
corrida del Corpus y durante la feria de septiembre.
Por
su arena pasaron figuras de diferentes épocas como
Bombita, Chicuelo, Cagancho, Belmonte, Niño de la
Palma, Gallito, Gitanillo de Triana, Manolete, Pepe Luis
Vázquez, Bienvenida, Dominguín y Antonio Ordóñez.
Además, el coso fue testigo una verdadera edad de
oro del toreo, cuando se recogieron las enseñanzas
de Joselito y Belmonte.