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CRITICAS AL FUNDADOR DEL MUSEO TAURINO

JESUS CUESTA ARANA

PASEILLO POR LA MEMORIA

La primera noticia que tuve de la existencia de, Museo Taurino de Pepe Cabrera en La Línea de la Concepción, el recuerdo se me va los días de tu infancia. Un amiguete por pura casualidad que andaba ya sudando ta gloria laurina me regaló El Ruedo, semanario gráfico de los Toros, en un recuadro posaba el retrato de un hombre emergente sobre las tablas semejando una plaza de toros y detrás de el, como telón de fondo un sinfín de fotografías, carteles y objetos taurino entremezclados en una cascada de empeños y recuerdos. Corría el año 1962. Aquella imagen muchos años después no se me ha volado de la memoria, porque entre aquel hombre y el que escribe había una misma oleada romántica; la vivificación de las cosas para la posteridad, que según Migue! Hernández, es poder de unos ojos que nunca han sido viejos.

El museo laurino fue creciendo pase a pase, templando la paciencia, donde una historia -quieta en apariencia- se mueve en cada imagen hasta crear una fantasía cruzada con la realidad de unos tiempos idos del almanaque pero latentes como las estrellas en los sueños. Un museo al fin y al cabo es: el cuerpo de ¡a memoria. Una memoria recreada. Como un enorme álbum que abre ¡a existencia de un hombre sencillo, sin alharacas, como un hijo de la mar, así es ésta capillita sixtina de los recuerdos patinada con el dulce veneno de los Toros. A la par que las cosas, aquél hombre, exponía sus buenas entrañas- Así que el museo era él. Las cosas conservan siempre el espíritu de tos dueños. Belmonte dijo que se toreaba como se era, por eso el coleccionista Hítense, le echó mucho fuego y alma y arte y brega a la embestida incierta de la memoria.

Al otro lado del estrecho, Alhucemas, Melilla, cuando el tangay de Marruecos, Pape. Cabrera, entre el hueco que dejaba los tiros y la milicia, sintió la punzada de sumergirse en el mar sin fondo de los recuerdos, de sus pasiones taurinas, de sus nostalgias, de sus suspiros de España. Y poquito a poco, con oficio menestral, fue arañando -como un miniaturista- retratos y recuerdos a su primo Antonio Duarte eximio banderillero de Rafael El Gallo, Niño de !a Palma Villalta, Victoriano de la Serna, Barrera, Cagancho, Andaluz (que doné al Museo un temo azul y oro), Litri, El Viti... Así fue el descubrimiento de ¡a mina, las primeras imágenes del rompecabezas, de lo que mediado el tiempo, iba a ser un museo con nombre propio. Coda cosa iba ocupando un huequecito emocional en el tiempo y en el espacio y Pepe Cabrera al fondo, con la sana voracidad del buen coleccionista en un ideal permanente del avistamiento de las cosas que duermen bajo las aguas y sabedor de que en la antigüedad ve tienen noticias de museos en sus formas originarias Cuando los griegos, por ejemplo, en los templos ya se exponían exvotos, estatuillas, joyas, armas, tejidos, etcétera, entregados por los fieles. Podemos observar al hilo de la historia una misma savia nutrida que anima en el hombre su fervor hacia los objetos que conformaron su vida y su atmósfera. El templo taurino más meridional -sur del sur- es el Museo de Pepe Cabrera, a un suspiro de la plaza de toros de La Línea, desde donde en tardes de corridas se oyen los sonidos de la Fiesta entreverados, ambientando la mágica quietud del testimonio retenido en las paredes de la historia; dándole gritos y quejío jondo al silencio.

No tenia Pepe Cabrera predilección -lo mismo que con las hijos- por ningún objeto en especial, si acaso le tocaba un poquito la veta sentimental los tronos de fajín negro y camisa que llevaba Manolo Granero el día 7 de mayo de 1922, cuando Pocapena, el toro de Albaserrada le corló el aliento para siempre en Madrid en tarde de mucha pena (éstas dos reliquias pertenecieron a una mujer que bebió los vientos por él y que guardaba como prendas votivas de un amor profesado hasta la tragedia final), llevaba el torero violinista aquella tarde un temo negro con golpes de oro.

Al hombre del museo taurino le nacieron -la masa de la sangre- dos hijos con fe en la torería, Benito y Curro Duarte llegando éste último a actuar con caballos con fundado porvenir pero no pudo ser. La rastra sigue con otro Curro Duarte (hijo de Curro) pero el abuelo ya no puede verlo cómo templa el duende y baja las manos. "La vida dura lo que dura una media verónica", oí decir a Pepe Cabrera, a ver quién desmiente eso.

Pepe Cabrera Duarte, érase un hombre pegado a un museo, sabedor del pensamiento del poeta de que el pasado es un prólogo, o en ese encantamiento del filósofo de sumergirse en el pueblo. Por eso, a veces, el hombre en las noches de vigilia, se paseó o pasó el tiempo muerto y el vivo También ante, el velador de. los sueños viendo los recuerdos venir una y otra vez e imaginando cada episodio o cada lance de su vida rematando
belmontianamente su labor paciente, encomiable, para dejar siempre presente el sabor de su mejor faena: la herencia de un museo taurino. Cincuenta años ya del Museo; tu fundador se fue hace un tiempo donde las estrellas, pero entre un mar de recuerdos que hablan del sol y la sombra, sigue haciendo el paseíllo.
El paseíllo por la memoria de un torero de la virtud.

Hombre criado entre toros, mitologías y emociones -Pepe Cabrera- entre Trajes de luces y miedos antiguos, entre fotografías, palabras, apoteosis y tragedias, autógrafos y emociones y el olor de la memoria y sus misterios echándole vino a los recuerdos y a la amistad. Siempre estuvo a la espera de la última ofrenda del devoto aficionado con un último eslabón de la historia de la torería
-recordado siempre- en su templo divino de la calle San José, 94, donde una
cerámica con regusto trianero, a modo de friso, con letras evocadoras
de mar y cielo: MUSEO TAURINO PEPE CABRERA.

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