HOME | José Cruz Herrera | Museo Cruz Herrera | Promoción de Artistas | Turismo
Puente Cultural
| Mapa Web | Patrocinios | Contactar | Añadir Empresa / Directorio

 

EL PINTOR ANTE LA CRITICA

MARIANO TOMAS

"José Cruz Herrera está en la cumbre de su arte y en la madurez de su estilo. Como es un maestro del color, como consigue aprisionar la luz en los gestos y en los tornasoles de las telas, como sabe componer armoniosamente las figuras, es posible que no sean sus obras del agrado de aquellos que alaban lo vacuo, lo inánime e incoloro, el balbuceo y la pirueta, lo carente de maestría, de gracia y de expresión. Es decir, lo que puede definirse como contrario a lo bello, pues la belleza ha de reunir precisamente esas tres cualidades: maestría de oficio, gracia o inspiración y expresión o tono emocional.

Pero acaso estemos equivocados al decir que no serán esos lienzos del agrado de los innovadores; lo serán en secreto, en su íntima apreciación, pero ya parecen como comprometidos a elogiar la producción de quienes no saben y no sienten. No creemos que todos los pintores han de seguir forzosamente los mismos caminos de luz, pero sí que han de estar iluminados sus senderos para que ellos puedan llamarse artistas. Aquí, en estos mismos salones, expusieron no hace muchos días Agustín Segura y Duracamps. Citamos a estos dos maestros porque han desfilado sus obras por este mismo lugar en la temporada presente, mas pudiéramos nombrar a otros varios cuya producción es un claro espejo donde se mira la belleza de la actual pintura española. Ninguno de ellos ejerce influencia sobre sus compañeros; cada uno pinta como su sentido de la belleza se lo dicta, y todos dejarán un nombre y una estela luminosa en el cielo de la pintura contemporánea, y es la española la mas poblada de estrellas entre todas las que cubren los horizontes de hoy.

No han de ajustarse a un determinado tecnicismo, a unos preceptos invariables. Lo que pintan es bello, y eso nos basta para admitir su obra. En José Cruz Herrera es la luz y la sonrisa lo que define su estilo. Sus cuadros parecen emanar fulgores, sus modelos tienen el gesto deliciosamente alegre. Se diría que la pintura de José Cruz Herrera es luciérnaga con resplandores propios y que iluminaría la estancia cerrada en la que la hubiésemos dejado; a más, no llega de claridad el rostro, aunque llegásemos ante ella abrumados por preocupaciones íntimas. Si este pintor no dominase su oficio, esa certidumbre de aventar con sus figuras las sombras que traigamos dentro de nosotros habría de ser por sí sola una virtud que lo colocase en el alto puesto a que ha llegado. Pero esto no es posible. No se logran esos efectos de luz sobre rostros y paños sin saber pintar como él lo hace, y tiene la bondad, la inmensa bondad de dedicar su maestría a hacernos gratos los instantes. Es rico en sabiduría y derrama ese caudal sobre los que se acercan a él con los ojos abiertos. Bastante desgracia tendrá el que se aproxime a un lienzo suyo y no se le enciendan las pupilas, porque forzosamente ha de estar ciego.

Hemos dicho antes que no nos importa el estilo de una obra para que nos deleite, si tal estilo existe y no es un deshilvanado correr de pinceles sobre el lienzo. Ahora, examinando uno a uno los cuadros expuestos, añadimos que si la preferencia suya es por el reverberar de luces, por el gesto radiante, por el contraste de gamas diferentes, también nos demuestra que sabe saltar de un tema a otro y de una forma a la forma impar con ella. Veamos ese lienzo que podemos titular "Eva" y que no aparece reseñado en el catálogo: es una Eva con mantilla negra ofreciéndonos la jugosa promesa de sus labios en flor, mientras la diestra se adelanta hacia el espectador trayendo una manzana verde todavía. Veamos la facilidad del pincel que acarició tal delicadamente la tela y vayamos luego a contemplar el tema mogrebino de las "Tres Fátimas", más detenidamente dibujado, o vengamos a admirar ese retrato de expresión que ya no es risueña, sino sencillamente amable, de un dibujo acabadísimo, de tonos mates, de claroscuros definidos perfectamente: el de la señorita Isabel Barroso; o recreémonos con la leve, sutil, vaporosa pintura que representa a una mujer joven tendida en un sofá, cuadro en el que, siendo el dibujo también virtud esencial, es el color, el contraste de matices lo que más nos encanta en la obra.
Cada uno de estos lienzos no parece salido de distintos pinceles, porque en todos ellos sobra la firma para conocer que son de José Cruz Herrera; pero si repite formas y tema, porque al cabo son estos lienzos hermanos los unos de los otros, nunca es de modo reiterativo y único. Jugoso siempre, iluminado el color, a veces detiene el vuelo de su inspiración y único. Jugoso siempre, iluminado el color, a veces detiene el vuelo de su inspiración fulgurante para presentársenos como un preciosista del siglo XV, como un preceptista riguroso, y salta desde los días, presentes, en que todo es dinamismo y temblor, a la serenidad de los siglos más plácidos, cuando los maestros holandeses e italianos, aún más que los españoles, olvidaban que el tiempo transcurre también para el artista.

De esta exposición de José Cruz Herrera se sale radiante de optimismo, se cree uno en un mundo más alegre y diáfano que el de nuestros días y se ve la vida no solamente de color de rosa, sino de azul y de oro, y de verde, y negra también, pero esa negrura, luminosa igualmente, surge de las pupilas de una moza gitana o de unos semivelados ojos africanos.

Aquí, en esta pintura de José Cruz Herrera como en la de tantos otros insignes artistas de hoy, se encuentra lo bello, lo perdurable, lo que no es moda de un día impuesta por un bromista inepto o por una estética que se nos quiere presentar como infalible. Y si nos equivocamos con el recelo que expusimos al principio y coincidimos todos en la misma admiración hacia el pintor andaluz, será una equivocación de la que nos sintamos gozosos. Después de todo, antes o luego, "aquello" pasará y quedará "esto".

Diario "Madrid", febrero 1951

La maestría de Cruz Herrera, su elegancia en el dibujo, su honradez pictórica, su buen gusto en la combinación de colores ofrece en estos lienzos un sentido ascensiónal respecto a su obra anterior, y es una manifestación tan acabada de valor plástico, un conjunto tan agradable a los ojos, que nos haría pensar -si alguien opusiera el reparo de ser cosas más imaginadas que reales- que tanto peor para África si ya no es así como la pinta Cruz Herrera, y dolernos de que hubiera perdido ese acento maravilloso, eco de la voz de Scherezada.

"Diario Madrid", 8 de febrero de 1950

CRITICOS>>