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MANUEL
GALLEGO MORELL
Cruz Herrera ha muerto tras dejar
una amplia y excelente obra pictórica. Fue siempre
un pintor luminista. Tan buen paisajista como retratista.
Ahí quedan como prueba sus paisajes marroquíes,
llenos de luz, de contrastes, de movimiento y de misterio.
Y ahí quedan también sus excelentes retratos
femeninos en los que Cruz Herrera calaba en la personalidad
y belleza de sus modelos.
Y sus moritas y sus muchachitas con mantoncillo. Todo un
mundo entrañable en el que se adentró como
nadie. Como Franz Huls o como el granadino Morcillo, Cruz
Herrera fue el pintor de la risa y la alegría, Tal
como fue su alma, alegre y risueña.
Como Sorolla, Cruz Herrera pinta las claridades mediterráneas,
pero busca el contraste y en sus penumbras siempre se vislumbra
un rayo de sol que se presiente brillante y luminoso, como
el de nuestro meridiano, Cruz Herrera poseyó, como
pocos, una excelente y luminosa paleta y un enorme desparpajo
de factura. La obra de este pintor andaluz fue siempre madura,
con pasos contados en su evolución y pasos cortos
en su academicismo. Conservó un acentuado realismo,
que si le recortó algo las alas de la fantasía
le llevó a jugar en el lienzo con virtuosismo y gracia
singular, consiguiendo vibrantes sensaciones atmosféricas.
Cruz Herrera, con su paleta desborda el momento de su vida
fecundándolo. Su obra quizá no haya sido suficientemente
reconocida, pero ahora es el momento de revisarla y conocer
la huella que este pintor, largo y profundo, deja en la
pintura española de lo que va de siglo. Valor pictórico
de España que volvió por los fueros de nuestro
arte musulmán, buscándolo en sus mismas entrañas.
"ABC de Madrid, 26 de octubre
de 1972
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