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LUIS
GIL FILLOL
"Destaca aquí, en esta
misma obra, otra curiosidad artística: el dualismo
de la energía y la ternura. La gracia frívola,
unida a lo vigorosamente sensual. El trazo rotundo y varonil,
junto al modelo blando y acariciador. Así resultan
también en maridaje la pintura realista fuerte y
la pintura sentimental, parca y profunda. Y eso ya no es
exclusivo de este cuadro, sino característica de
toda la obra de Cruz Herrera. La rudeza campesina surge
suavizada por el encanto ingenuo e instintivo de la poesía.
Para darnos esta impresión consoladora, Cruz Herrera
necesita menos que ningún otro pintor de su linaje
recurrir a los "trucos" decorativos, de los cuales,
si no un abuso, hay, por lo menos, algún exceso en
los titulados "Oriente", "A los toros",
"El ídolo" y "El chiquillo del pájaro".
Cuando se pinta con la rara maestría y el ímpetu
juvenil de Cruz Herrera, no hace falca el adorno, como las
caras verdaderamente hermosas no han de menester tampoco
de los retoques de perfumería. El arte de Cruz Herrera
tiene en sus elementos esenciales suficiente emoción.
Escasos son los artistas que, como él, han sabido
sorprender tan fielmente esa parte amable, sana y alegre
de la vida, que, sin duda, no es más que el reflejo
de su propio espíritu, cuya bondad nos devuelve en
la mirada serena, en el gesto dulce, en la sonrisa tenue
de todos sus modelos".
"La Tribuna", febrero 1921
"Paso a paso hemos seguido la
inquieta ruta estética de Cruz Herrera. En las Exposiciones
Nacionales que frecuentaba con asidua persistencia, adivinásele
propicio a una evolución ascendente. Hombre de tierra
baja, afiliado a los restos de la escuela histórica,
seguidor de los artistas españoles que no querían
salir del llano plácido, pintaba entonces modestos
interiores de iglesias pueblerinas. Sin embargo, el rutilante
oro de los altares barrocos, la luz blanda y cromática
de los templos familiares, las anécdotas costumbristas
de aldea, no parecía ser lo único que interesara
a su sensibilidad. Extremadura, en ese aspecto bonachón
y tierno que con tanta verdad nos ha descrito Eugenio Hermoso,
le había captado en las horas de indecisión.
Pero Cruz Herrera no se avenía a la mansa rutina
de una pintura amable que ya tenía ilustres y consecuentes
paladines. Se liberó pronto de la influencia. En
sucesivos certámenes vimos como su espíritu
se iba acomodando a las necesidades del nuevo arte, siempre
con cierta timidez, muy propia de quien se ha educado en
un ambiente artístico de recursos precarios.
En la última Nacional dio el salto grande. Apenas
quedaba en él la nostalgia de los viejos recuerdos.
Una excursión por América, una exposición
afortunada en Buenos Aires, el regreso a la tierra amada,
el homenaje de La Línea, su pueblo natal, acabaron
de inducirte a olvidar del todo los temas caseros y vulgares
que tanto le habían alucinado. Se sintió hombre
de montaña y empezó a subir por la cuesta
abrupta y serpenteante en busca de un horizonte más
amplio, más luminoso y más profundo.
Por fin, Cruz Herrera conoció de cerca la tierra
que había soñado. O, mejor dicho, conoció
una tierra que no era la que había soñado
leyendo los relatos periodísticos y viendo los apuntes
de campaña. Lo que ahora tenía ante los ojos
era el Marruecos, más allá de la línea
de fuego, donde la civilización había impreso
sus huellas sin borrar del todo el carácter y la
morfología indígena.
Le encontramos en Casablanca, en un hotel de apariencia
francesa, cuyas grandes ventanas dan al campo poblado de
aduares y caseríos dispersos que aún permanecen,
como un grito hostil, al margen de los avances europeos.
El paisaje apenas se parece ya al de las descripciones bélicas
de Fortuny; pero las moras cubiertas hasta los pómulos
siguen conservando en sus ojos bellos, tristes y fatalistas
el mismo encanto misterioso e impenetrable de los modelos
Flandrin. Tal vez para evocar la tendencia mística
del discípulo de Ingres, le haya servido a Cruz Herrera
la obstinada inclinación a los humildes templos pueblerinos.
En su pintura de hoy existe, en efecto, como una vaga reminiscencia
espiritual de aquellos religiosos interiores, limpios y
confortables, con su olor a retama y cantueso. Sólo
que el pintor de interiores ve ahora la vida al aire libre
y ya no es el lugar lo que sojuzga su mirada, sino los tipos
agarrados al suelo nativo como vegetación que no
podría aclimatarse a otros lugares.
En el largo proceso de humanización del Arte hemos
aprendido a concebir la tierra, el panorama y el escenario
por la fuerza psicológica de los personajes. Una
de estas moras de Cruz Herrera es más descriptiva
de Marruecos que la más fiel, perfecta y acabada
reproducción del paisaje marroquí.
Moras libres y esclavas que todas lloran el mismo bien perdido;
moros viejos, con espaciosas barbas apostólicas,
que ofician en los mitos legendarios, con piadosa devoción
de fakires; niños moros de redondas cabezas coronadas
de virutas de ébano; y en todos los rostros, en el
óvalo gráfil y señorial de la favorita
del Harén, como en el afilado y frondoso del santón,
como en el tierno y terso del negrito, abiertos en la piel
quemada y aceitosa, bajo escarpados arcos ciliares, sombreados
por largas y espesas pestañas femeninas, por frágiles
párpados de viejo o por el tenue vello infantil,
los mismos ojos abstraídos, errantes, llameantes,
hondos y enigmáticos de la raza superviviente, cuya
fuerza mística perdura a través de todos los
contagios, influencias y vicisitudes.
Con que Cruz Herrera hubiese acertado a ver, sentir e interpretar
esos ojos, tan diferentes y tan iguales, tan únicos
y característicos, ya habría dado a su nueva
etapa artística un subido interés. Pero, además,
el refinamiento de su sensibilidad de psicólogo corre
parejas, con el perfeccionamiento de su técnica.
Para evolucionar, para mejorarse, para superarse con el
propio estímulo de su conciencia estética,
no ha precisado acudir a pueriles audacias. Con su mismo
espíritu expansivo, franco y afectuoso construye
su arte actual y promete edificar el de mañana, ese
mañana para otros repetición de hoy y para
Cruz Herrera fructífera renovación constante,
infatigable, interminable...".
"Estampa", 3 septiembre
1929
COMO PINTA JOSE CRUZ HERRERA
De pie ante el caballete, un caballete liviano, que el viento
puede mover y que caería al más flojo empujón.
De pie ante el caballete liviano, con la mano izquierda
en el bolsillo del pantalón cuando no la tiene ocupada
en sostener el cigarrillo rubio'; también a su lado
izquierdo la mesita que sirve de paleta, con la caja de
óleo abierta y sobre ella un tablero con los colores
en semicírculo, quizás más de los corrientes
de las paletas de mano. Junto a la caja, el pocillo con
aguarrás, el pañito para limpiar y los pinceles
tumbados.
Cruz Herrera coge el pincel por el extremo del asa, y únicamente
por la mitad o por la atadura para hacer perfiles o detalles
menudos; pocas veces. Jamás le he visto un tiento,
ese bastón tan popular en los antiguos estudios,
especie de puntero de dómine o gigantesca batuta,
rematado por una muñequilla de trapo.
La longitud del pincel y el brazo partiendo del busto erguido,
es la distancia que le separa del lienzo. La mano del pincel,
después de tomar dos o tres colores de la paleta
sin mezclarlos hasta llegar al cuadro, parece moverse con
agilidad; mejor aun con nerviosidad y, en algún instante,
con ira y violencia. Parece únicamente; porque la
verdad es que el lienzo no se conmueve y el caballete no
vacila. Por el contrario, la pincelada es blanda, suave,
acariciadora, como patita de gato. Las pinceladas de Cruz
Herrera son eso: terribles zarpazos de felinos, con las
uñas recogidas. Pero estoy hablando de la acción
física de pintar que no es lo que interesa por pertenecer
a la disciplina del oficio, cosa, al fin y al cabo, dependiente
de la voluntad. La manera de pintar se refiere a otro aspecto,
por igual razón que el modo de dirigir una orquesta,
nada tiene que ver con la forma de coger y mover la varita,
sino con la interpretación y desenvolvimiento de
la idea.
Cruz Herrera, en ese elevado sentido, pinta con los ojos,
con el cerebro y con el corazón. En resumen: con
los sentidos y con el pensamiento. Cruz Herrera empasta
como cada pincelada exige: con el pincel de pelo de león,
con el de crin, con el de tejón, con la espátula
de acero, con el cuchillo de limpiar, con los mangos de
los pinceles, con las yemas de los dedos, con el mismo borde
de la mano, con cualquier cosa que tenga a su alcance susceptible
de proporcionar el efecto previsto... Pero lo esencial en
su pintura es la cabeza: la función que en servicio
del arte desarrolla el cerebro.
Puedo afirmar, aunque parezca paradógico, que cuando
más pinta Cruz Herrera es precisamente cuando no
pinta. Ese momento en que el pintor hace como que descansa,
con el brazo caído y el pincel flaccido en la mano
colgante, los ojos fijos en el modelo o entretenido en una
conversación ajena al motivo de la pintura, o cuando
enciende calmosamente un cigarrillo, o cuando finge con
toda morosidad y sorna enjuagar la brocha en aguarrás,
es cuando el cuadro se está resolvíendo. José
Cruz Herrera pinta con los ojos y con la inteligencia. Pintura
es interpretación, antes que ejecución; sentimiento
antes que perfección; inspiración antes que
ciencia... Inspiración, sentimiento e interpretación,
son servicios que el cerebro suministra, aunque el pincel,
el dedo o la espátula contribuyan después
a hacerlo graciosamente plástico. Por coincidir en
Cruz Herrera las dos funciones; pensar y ejecutar, su pintura
es optimista, alegre, clara, sin dolor, lágrimas
ni lutos, como retoño de, feliz alumbramiento.
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