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JOSÉ
FRANCÉS
"Como también y por antagónico
concepto y opuesto estilo de gran artista, nos ha causado
la exposición de José Cruz Herrera, gran pintor
a la española y a lo tradicional que no se mustia
ni decae.
Cruz Herrera inflama de pasión femenina de madrigales
carnales el Salón Cano. La exhuberancia cromática,
el seductor ímpetu de este viril homenaje de un andaluz
sensual, reencontrado asimismo en la eternidad fulgurante
de Marruecos, que destaca con fulgor propio a Cruz-Herrera
en la pléyade intacta de los maestros de la pintura
española -los Anglada, los Sotomayor, los López
Mezquita, los Hermoso, los Ortiz Echagüe, los Soria
Aedo, los Segura- surgida en las primeras décadas
de este siglo, ofrece un conjunto que tiene, fragancia frutal
de una raza encalidecida por el sol y el júbilo de
vivir.
Incluso para más grata complacencia, la madurez humana
y estética del artista añade nueva síntesis
en el estilo y en las armonías cromáticas.
Dentro de esa preferencia sostenida sin desmayo por Cruz
Herrera hacia la juventud radiante y la pompa otoñal
de las mujeres marroquíes y españolas del
Sur, se nos muestra ahora en suaves, en tenues delicadezas
de fondo, en certeras, y sin retoques, pinceladas, para
sosegado contraste de los calientes empastes y de las sabrosas
embriagueces de calidades en la riqueza de telas, objetos,
y flores femíneas carnaciones. ¡Cuan lejos
nos hallamos de las histéricas macilencias mallarméico
o las tuberculosidades modigliánicas y los monstruos
picassianos! Vienen, en cambio, del jocundo concepto vital
de la Flandes que eternizaron Franz Hals y Rubens...
No falta -y ello importa no desconsejarlo para lo futuro-
los garzones moros, el hirviente chocolate de los torsos
y rostros tunecinos y tangerinos, con atuendo de príncipes
y sin la ambigüedad de los adolescentes a lo Morcillo.
Pero surgen ya los piropos a madrileñas de popular
atuendo y apretado garbo.
Y por último, ha de saludarse en la nueva sobriedad
de Cruz Herrera sus retratos de hombres, como los de Tito
Cristóbal y Luis Lorenzo, de leal tributo al realismo
masculino y a la tradición hispánica".
"La Vanguardia", 29 enero
1954
No es Cruz Herrera un advenedizo ni
un traseúnte de los temas marroquíes. Cerca
de treinta años de su vida -los más fecundos
y de experta madurez- han transcurrido entre los Marruecos
francés y español. Ama y convive entrañablemente
con la polícroma exuberancia, el lumínico
esplendor de la indumentaria, las costumbres y la sensualidad
moras. Ha estudiado a fondo la raza y la refleja con maliciosa
complacencia. Alía lo grato de los temas, la belleza
-esencialmente femenina o de masculina adolescencia- con
fuerte vigor constructivo. Consigue las más delicadas
armonías tonales, las más brillantes y exactas
calidades de los frutos, de las telas, de las cerámicas
y orfebrerías. Y del conjunto surge una fiesta colorista
de sinfónica musicalidad. Sus muchachas lindas y
melancólicas, sus efebos elásticos esbeltos
expanden un perfume vernal de naturaleza cálida,
donde se siente, sin embargo, el adormecimiento de aromas
orientales persistentes como recuerdos fragantes de una
juvenilia eterna. ¡Gran sonrisa apasionada esta pintura
de Cruz Herrera, donde lo real se sueña!
(Revista "África",
septiembre 1950)
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