HOME | José Cruz Herrera | Museo Cruz Herrera | Promoción de Artistas | Turismo
Puente Cultural
| Mapa Web | Patrocinios | Contactar | Añadir Empresa / Directorio

 

EL PINTOR ANTE LA CRITICA

J. ARRAMELE

Con el mismo itinerario que las golondrinas, aunque en época distinta del año, vuelve a hacer el pintor Cruz Herrera el viaje de África, trayéndonos la ardiente luz y los gayos colores marroquíes de sus cuadros. Esta vez, junto con sus ya clásicos de tipos del Magreb, bellos rincones del Viejo Imperio de la Seda; una faceta desconocida de este pintor, aquí, donde tan excelente impresión causaron sus óleos el pasado invierno.

Son tantos más sorprendentes las dotes paisajísticas de Cruz Herrera, cuanto que su habitual género de figura puede parecer a más de uno como una limitación del artista hacia las fáciles -por lo sabidas- luces del estudio. Y no hay tal. Cruz Herrera es un pintor completo. Lo proclaman todos sus cuadros, y en especial sus paisajes sobre todo, para aquellos que sin profundizar en su análisis, obran de ligero al fundamentar sus juicios en meras apariencias. Sería imposible de lograr, de otro modo, la entonada y jugosa luminosidad, tachonada de rutilantes colores, de sus paisajes, construidos a base de gruesos empastes de espátula, que los hace frescos y brillantes como esmaltes.

No es sólo en las notas y apuntes donde Cruz Herrera se nos muestra como pintor que busca dificultades en lugar de eludirlas, y domina los complicados problemas de plena luz inherentes al paisaje que pudiéramos llamar puro. Exhibe el artista en esta exposición, entre otras, una obra, "En las Ondayas" (Rabat), de máxima dificultad -figuras al aire libre bajo las frescas, frondas del boscaje, por entre las que se filtran dorados rayos de sol marroquí, resucita con tal galanura y garbo, que llega al ápice del dominio, tan anhelado del artista, por el que consigue hacer olvidar al público el supremo esfuerzo creador: la difícil facilidad de toda obra maestra.

Concerniente a los cuadros de figuras, Cruz Herrera, de vuelta ya de cuanto pudiera constituir para él motivo de indecisión técnica, se complace en el maravilloso juego -juego de colores, juego de ritmos, juego de mágico virtuosismo- de urdir y ofrecernos los encantadores poemas que son sus cuadros. Poemas de hondura psicológica, donde sus montas tienen intensa vida interior, que unos ojos soñadores o unos labios sonrientes transparentan; poemas en los que una rutilante sinfonía de colores nos canta su bello romance; poemas en que un sabio y elegante "savoir faire" nos dice de su dominio técnico superado, por el que nos percatamos que, más que crear, el artista se ha recreado en su obra, como un artífice al labrar una joya.

Hay en la obra de Cruz Herrera una nota dominante que la hace ser altamente solicitada del público: y es ese halo de poesía que la envuelve, acentuando las intrínsecas cualidades de su plasticidad. No es el recio, elegante y estilizado dibujo de sus figuras, ni la armoniosa orquestación de color de sus cuadros, ni la vida psicológica de sus mujeres sólo; hay algo más: la poesía que el autor vuelca en su obra, sin limitarse a la seca transcripción del natural; lo que el artista pone de sí mismo, aparte de su ciencia, su alma. De aquí que estos bellísimos poemas en color -expuestos en nuestras Salas Municipales de Arte, del lado de la Alameda-, que se nos entran por los ojos, nos llegan muy dentro, también, al alma.

CRITICOS>>