| J.
ARRAMELE
Con el mismo itinerario que las golondrinas,
aunque en época distinta del año, vuelve a
hacer el pintor Cruz Herrera el viaje de África,
trayéndonos la ardiente luz y los gayos colores marroquíes
de sus cuadros. Esta vez, junto con sus ya clásicos
de tipos del Magreb, bellos rincones del Viejo Imperio de
la Seda; una faceta desconocida de este pintor, aquí,
donde tan excelente impresión causaron sus óleos
el pasado invierno.
Son tantos más sorprendentes las dotes paisajísticas
de Cruz Herrera, cuanto que su habitual género de
figura puede parecer a más de uno como una limitación
del artista hacia las fáciles -por lo sabidas- luces
del estudio. Y no hay tal. Cruz Herrera es un pintor completo.
Lo proclaman todos sus cuadros, y en especial sus paisajes
sobre todo, para aquellos que sin profundizar en su análisis,
obran de ligero al fundamentar sus juicios en meras apariencias.
Sería imposible de lograr, de otro modo, la entonada
y jugosa luminosidad, tachonada de rutilantes colores, de
sus paisajes, construidos a base de gruesos empastes de
espátula, que los hace frescos y brillantes como
esmaltes.
No es sólo en las notas y apuntes donde Cruz Herrera
se nos muestra como pintor que busca dificultades en lugar
de eludirlas, y domina los complicados problemas de plena
luz inherentes al paisaje que pudiéramos llamar puro.
Exhibe el artista en esta exposición, entre otras,
una obra, "En las Ondayas" (Rabat), de máxima
dificultad -figuras al aire libre bajo las frescas, frondas
del boscaje, por entre las que se filtran dorados rayos
de sol marroquí, resucita con tal galanura y garbo,
que llega al ápice del dominio, tan anhelado del
artista, por el que consigue hacer olvidar al público
el supremo esfuerzo creador: la difícil facilidad
de toda obra maestra.
Concerniente a los cuadros de figuras, Cruz Herrera, de
vuelta ya de cuanto pudiera constituir para él motivo
de indecisión técnica, se complace en el maravilloso
juego -juego de colores, juego de ritmos, juego de mágico
virtuosismo- de urdir y ofrecernos los encantadores poemas
que son sus cuadros. Poemas de hondura psicológica,
donde sus montas tienen intensa vida interior, que unos
ojos soñadores o unos labios sonrientes transparentan;
poemas en los que una rutilante sinfonía de colores
nos canta su bello romance; poemas en que un sabio y elegante
"savoir faire" nos dice de su dominio técnico
superado, por el que nos percatamos que, más que
crear, el artista se ha recreado en su obra, como un artífice
al labrar una joya.
Hay en la obra de Cruz Herrera una nota dominante que la
hace ser altamente solicitada del público: y es ese
halo de poesía que la envuelve, acentuando las intrínsecas
cualidades de su plasticidad. No es el recio, elegante y
estilizado dibujo de sus figuras, ni la armoniosa orquestación
de color de sus cuadros, ni la vida psicológica de
sus mujeres sólo; hay algo más: la poesía
que el autor vuelca en su obra, sin limitarse a la seca
transcripción del natural; lo que el artista pone
de sí mismo, aparte de su ciencia, su alma. De aquí
que estos bellísimos poemas en color -expuestos en
nuestras Salas Municipales de Arte, del lado de la Alameda-,
que se nos entran por los ojos, nos llegan muy dentro, también,
al alma.
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