| BERNARDINO
DE PANTORBA
"No
es Cruz Herrera, por razón de su temperamento y de
la severa educación artística que ha recibido,
de estos que gustan de hacer concesiones al público,
dando a su pintura suavidades acarameladas. Tampoco es de
los que, temiendo el calificativo de anticuado, merodean
por el huerto de esas maneras que, llamándose "nuevas'',
no son sino pobres recuerdos del arte antidiluviano. Novísimas,
como se ve.
Cruz Herrera sabe que se puede crear obra bella y original
por el camino que toma la mayoría de los artistas.
Este camino tiene un nombre: realismo. En la pintura española
es el que cuenta con las producciones más numerosas
y felices. Con las más originales, también.
En la presencia de las de Cruz Herrera adquirimos la convicción
de hallarnos frente a una personalidad formada, definida,
no exenta de errores, como todo lo humano, pero si libre
de vacilaciones y tanteos; una personalidad que, al colocarse
delante de la Naturaleza, no lleva el preconcebido fin de
modificarla, posponiéndola a los vuelos de su fantasía,
sino que busca los múltiples aspectos hermosos de
aquella, y, una vez hallados, se limita a pintarlos como
son. "Lo demás - pensará Cruz Herrera-
no pasa de ser... teoría". Y yo creo haber dicho
alguna vez -perdón, por la autocita- que al pintor
más le vale una paleta en la mano que una teoría
en el cerebro.
Ningún cuadro de Cruz Herrera pertenece a la tendencia
tenebrista, hoy bastante cultivada entre los que olvidan
que la primera condición, si no la única,
de toda obra de arte es servir a la belleza.
El pincel de Cruz Herrera no quiere dormirse en la factura
aprendida; aspira a ensancharla, a enriquecerla; aquí
aparece espontánea, fluyente, ligera de color; allí,
insistida, empastada con el color en gruesas capas. Y nunca
descendiendo al alarde hueco del oficio".
(Del
libro "Artistas andaluces", Madrid 1929)
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