| ANTONIO
COBOS
El gran pintor español José
Cruz Herrera, eterno viajero, ávido de emociones
estéticas exóticas y buscador infatigable
de temas palpitantes de vida, presenta anualmente en Madrid
el sabroso fruto de sus inquietudes, y así lo hace
ahora, con el éxito del público de siempre,
en la prestigiosa sala de arte Dardo.
La pintura africana del gran artista linense está
incontaminada, y su españolismo nace precisamente
del profundo patriotismo del artista, enamorado del Magreb
porque sabe que debajo de su suelo arisco corre un clarísimo
venero hecho civilización y sangre españolas.
Cruz Herrera, en sus últimas exposiciones, no se
limita a la temática marroquí. Ciertamente
que son deliciosos sus moritos de Fez y sus familias, Zolvias,
Fátimas y judeyas, pero ello no impide que su exposición
actual sea un jubiloso canto a la bellísima mujer
española. Hay en ella un lienzo de auténtico
maestro, precisamente por su dificilísima sencillez:
una cabeza y cuello femeninos, de espaldas, bastan al artista,
jugando con los bellísimos cabellos, para lograr
una obra de plenitud que sólo puede conseguir un
artista privilegiado tras de muchos años de pintar
hablando poco, Buena lección para muchos endiosados
"genios" de hoy, menos propicio al trabajo que
a la tertulia intelectualoide.
En el conjunto, apretado y sin fisuras, difícilmente
pueden hacerse resaltar las expresivas cabezas de los lienzos
"Bailaora" y "La borracha", un soberbio
y contrastado desnudo titulado "Reposo" y un paisaje
recio y acre denominado "Castillos de España".
Cruz Herrera muestra sus ilimitadas posibilidades al apartarse
de su estilo habitual, jocundo y desgarrado, en dos lienzos:
uno de ellos, por la simplicidad dibujística y sencillez
cromática, titulado "Flores a la Virgen",
y otro, la deliciosa morita blanca, cuyos contornos están
fundidos y empastados con una dulzura de primitivo sienés".
Diario "YA", 29 marzo 1957
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