|
EL 23 DE FEBRERO DE 1961
Señor Director del Instituto de Estudios
Africanos.
Señoras y señores:
La gran admiración y la obediencia absoluta
que tengo al General Díaz de Villegas me han decidido a
aceptar el honor de pronunciar esta conferencia, aun a riesgo
de que ésta carezca de la brillantez y el interés,
que yo quisiera, para satisfacer al distinguido auditorio que
me honra escuchándome. Así que preparaos a escuchar
a un pintor que lleva en Marruecos treinta y tres años
pintando sus zocos, sus callejas llenas de sol, sus moras, y todos
los asuntos que brindan aquellas tierras, que tanto atractivo
ofrecen al Arte de la Pintura.
Yo nací en la Línea de la Concepción
(el año no lo digo y así algo saldré ganando).
Desde la terraza de mi casa, contemplaba las montañas azules
de África como algo misterioso que me atraía y adivinaba
los miles de asuntos maravillosos que aquellas tierras descubrirían
ante mis ojos, que anhelaban mirar y estudiar de cerca.
Y efectivamente, en el año 1926, con lo
que me dieron de mi primera Medalla en la Exposición Nacional,
me planté en Casablanca, con la idea de permanecer allí
unas semanas hasta que se acabaran las pesetas de la Medalla.
Aquello realmente me entusiasmó; trabajé
mucho en todo lo árabe que era de una gran ilusión
para mi sentimiento de pintor, y fui vendiendo cuadros y prolongando
mi estancia, hasta que celebré La primera exposición
en Casablanca, que fue inaugurada por nuestro Cónsul General
y por el Residente General francés, entonces Monsieur Steg.
Me llevé a mi mujer y a mis dos hijos
y seguí pintando moras, moritos y composiciones, y naturalmente
se fue prolongando mi estancia allí. Puse estudio y trabajé
con tanto fervor que los años se pasaron y nunca declinó
el encanto magnífico que tuvo siempre para mí Marruecos.
Por aquella época nos reuníamos
en Marruecos diez o doce artistas franceses, españoles
e ingleses. Se hacía una vida de gran camaradería
entre los pintores. Salíamos a pintar a Fez, a Meknes,
a Marrakech; Íbamos con polainas bridges, porque se hacían
muchos viajes a caballo o en burro y había que llevar todos
los útiles necesarios para traer de allí los cuadros,
que luego habían de presentarse en las exposiciones que
cada uno celebraba todos los años.
En aquella época, allá por los
años 1927 y 1928 existían en Casablanca seis o siete
Salas de Exposiciones y si estaban ocupadas, se alquilaba un almacén,
se empapelaban las paredes y se colocaban los cuadros, que se
vendían todos pues en aquellos días se construía
mucho en Marruecos, y el público necesitaba cuadros para
decorar pisos, villas, chalets, etc.
Los modelos de moras eran maravillosos; tal como
llegaban al estudio, eran ya cuadros espléndidos; no había
que cambiar nada. Cuatro telas modestas las llevaban con tanta
gracia y tanta majestad que parecían princesas.
Si estaban a gusto, no les interesaban el dinero
que ganaran. Sólo que para pintar a una, había que
admitir y pagar a dos o tres para que le hicieran reir y las distrajeran
cuando posaban. Las moras posan maravillosamente; parece que no
hubieran hecho otra cosa en su vida, y se interesan vivamente
por el cuadro que se les está haciendo. A mí me
propuso una darme las pulseras de plata que llevaba a cambio del
cuadro que estaba pintando. Hay que mimarlas mucho y ofrecerles
un ambiente simpático y agradable; darles el té
y tratarlas muy bien, pues tienen el orgullo de la raza nuestra.
A veces, hay que curarlas, para lo cual yo tenía en el
estudio un pequeño botiquín. He pintado miles de
moras, negras, bereberes, mujeres azules, que se llaman así
porque las telas azules con las cuales se visten, despintan, y
como ellas son blancas se tiñen y parecen celestes, como
si estuvieran iluminadas por luz de luna. Estas son las mujeres
de Gulimini a las puertas del Desierto; además, el color
azul ahuyenta moscas y por eso en los barrios judíos los
patios están pintados de azul puro, añil.
He pintado, también, muchos judíos,
casi todos con las primeras barbas, que tienen algunas noventa
años y que nunca fueron afeitadas.
Tuve un modelo judío ciego al que yo le
explicaba lo que era pintar y lo que significaba un cuadro que,
naturalmente, el no podía ver. Le llevé a una judía
que curaba las cataratas y con un terrón de azúcar,
raspándole los ojos, llegó milagrosamente a darle
la vista a aquel pobre, que se presentó más tarde
en el estudio a ver el cuadro que había pintado con él.
He sido invitado muchas veces por moros ricos
a sus palacios, a banquetes que son verdaderamente suntuosos.
Las esclavas, magníficamente vestidas, van presentando
los platos cubiertos con unos cubiletes dorados y que llegan hasta
diez y doce, que empiezan por el corderito asado, platos de aves,
la bistila, que un pastel de mil hojas y debajo relleno de pechugas
de aves. Todos comen en un gran plato, pero con los tres dedos
de la mano derecha, que antes han sido lavados en un aguamanil
que presentan los servidores y, al final el cuz-cuz magnífico.
Todo esto servido con agua de almendras, de naranjas de diversos
perfumes, pues allí no hay vinos, que realmente no hacen
falta.
Al final, entre tacitas de té muy caliente,
con exquisitos dulces de almendras, de coco, etc., pasan las chicas
que tanto he pintado, bailarinas vestidas maravillosamente y que
cantan y bailan acompañadas de violines, guitarras y otros
instrumentos árabes.
¡Qué bien os contaría todo
esto Luis Antonio Vega, que tanto sabe de Marruecos y que tantas
veces he encontrado por aquellas callejas, preparando magníficos
artículos!
Luego, las señoras pasan al Harem a visitar
a las demás, siendo acogidas con gran simpatía y
mucha alegría, cambiándose los trajes y vistiéndose
ellas a la europea, y nuestras mujeres, de mora. Mi mujer, luego
me contaba lo que había visto en los jardines del Harem
y así he pintado muchos cuadros, reproduciendo en mi estudio
de Casablanca, bajo la dirección de mi mujer, todo lo que
ella había visto que, en ocasiones eran escenas de las
mil y una noches.
33
AÑOS DE PINTURA EN MARRUECOS >>
|